A partir del siglo XIII D.C. comenzó la expansión del capital comercial europeo por el resto del mundo, alcanzando su apogeo entre los siglos XVI y XVIII, para iniciar un movimiento de repliegue desde que el capital industrial, a mediados del S XIX, logró subordinar las viejas estructuras mercantiles[1]. Esta expansión comercial lleva consigo una expansión de la influencia territorial del mundo europeo sobre el resto del orbe. Primero, a través de las expediciones marítimas que dieron a conocer a los europeos horizontes nunca antes vistos; acto seguido, vino el asentamiento de éstos en los nuevos lugares descubiertos.
Sin embargo, antes de pasar a explicar el proceso de expansión propiamente tal, cabe analizar quiénes son los actores en este proceso.
El primer gran actor es el Mercader. El Mercader surge junto a la revolución comercial de los siglos XII y XIII que iría socavando las bases de la economía (y posteriormente la sociedad) feudal. La economía feudal era fundamentalmente una economía de subsistencia. Durante esa época, el comercio internacional era prácticamente nulo, debido a diversas circunstancias históricas que no cabe aquí analizar. Sin embargo, paulatinamente comienzan a aparecer los mercaderes que, dentro de la estratificación social medieval, pertenecen al pueblo llano, a los hombres libres pero no nobles. El Mercader es esencialmente un nómada, ya que deambula de un lugar a otro con el fin de obtener mercancías a un precio barato para posteriormente venderlo (generalmente en otro lugar) a un precio más caro, acumulando las ganancias que esta actividad le dejaba. Ésta es, precisamente, la esencia de la actividad mercantil financiera. El Mercader acumula las ganancias producto de su actividad comercial, sin embargo, no produce. Ante esta acumulación de ganancias, el Mercader no las va a invertir en procesos productivos, sino que gastará en lujo, o comprará títulos de nobleza con el fin, además, de lograr distinción y poder político que le facilite sus negocios privados.
El segundo actor es el Productor, quien es el que produce los elementos, las cosas que se transan posteriormente en el mercado. El Productor hace su producto y posteriormente lo vende al Mercader, obteniendo un ingreso por el valor de éste.
Y es, precisamente, la relación entre el Mercader y el Productor la que determina el comportamiento del KMF en su expansión mundial y cómo podemos aplicarlo y explicarlo en América Latina, y por consiguiente en Chile.El asentamiento en estos territorios recién descubiertos no sería en vano. El capital mercantil históricamente “se formó, expandió y llegó a ser dominante enlazando y subordinando (por lo común por la fuerza) una amplia variedad de formaciones productivas primitivas, que se convirtieron en fuentes tributarias del sistema mundial así creado” [2]. De esta manera, los sistemas de producción de los pueblos colonizados fueron progresivamente siendo dominados por la actividad comercial del europeo, y para ello requirió de un respaldo institucional que ayudase y diera legitimidad a este proceso de dominación de las formas preexistentes de dominación. La dominación sobre los pueblos productores es necesaria en este proceso de expansión debido a que la base de la actividad del KMF es lograr la acumulación de capital. Esto hace la diferencia con el Capital Productivo Industrial: mientras el KPI invierte en los medios de producción para lograr maximizarla y, con ello, maximizar el rendimiento de todo el sistema económico, arrastrando este crecimiento a todos los sectores sociales actores de la economía, el KMF consiste en la acumulación de capital de aquellos sectores que tienen el control de los medios de producción, castigando, por otro lado, a las clases productoras, lo que significa que a la larga resulta este último sector de la economía claramente lesionado.
Como se dijo anteriormente, en la primera fase de la expansión del KMF se requirió la dominación de los pueblos productores que habitaban en los distintos territorios descubiertos. Además, la relación entre el Mercader y el Productor es la que determina la lógica del KMF, y esta relación es la siguiente: Como el Mercader no produce y su actividad consiste en acumular capital en base a la diferencia entre el valor de la mercancía comprada y la vendida, para maximizar sus ganancias debe intentar comprar lo más barato posible y vender lo más caro que se pueda. Bajo esta lógica, el Mercader debe castigar al Productor, de tal modo que este se vea obligado a venderle sus productos a muy bajo precio. Y de ser posible, el Mercader debe intentar dominar los medios de producción, para abaratar aún más sus costos y poder obtener mejores ingresos.De esta manera, el KMF va dominando progresivamente a los pueblos productores, por la lógica antes descrita. “El impacto sobre ellos del viajero capital comercial generó una serie de efectos disolventes o distorsionantes, que, si bien no producían su aniquilación inmediata (los mercaderes no querían destruirlos, sino expoliarlos), generaba en ellos tensiones de todo tipo, con empobrecimiento general de sus habitantes. Dondequiera que llegó, el capital comercial transformó los modos de producción en beneficio propio, insertando en ellos diversos mecanismos de acumulación primitiva, como si fueran otras tantas sanguijuelas” [3]. Sin embargo, no hay que pensar que en todos los lugares que fueron abarcados por esta expansión del KMF se dieron idénticas condiciones en el proceso, sino que, por el contrario, hubo distintas variaciones. Así, “[e]n ciertos lugares significó sólo pequeñas transformaciones de la formación dominada (caso de las Indias Orientales); en otras sólo implicó relaciones esporádicas y externas (economías de subsistencia del centro de África); en América del Norte se tradujo en la reproducción en pequeño de la misma economía productivo-mercantil europea; en Hispanoamérica, luego de los intentos de integrar orgánicamente la economía indígena como un solo gran tributario de la clase mercantil residente, se optó en varios lugares por crear un modo mercantil autóctono de acumulación por debajo de la línea de tributación al sistema mercantil mundial, pero sobre la base de múltiples núcleos productores ad-hoc, cautivos, tributarios y subordinados (o sea, creando mecanismos propios de acumulación primitiva. En este último caso se perpetró la completa aniquilación de las economías indígenas tributarias, para crear sobre sus ruinas una red productiva específicamente colonial. Fue el caso de Chile” [4]
Para explicar cómo el KMF pudo expandirse y, finalmente, dominar a los pueblos productores, se recurrirá constantemente a ejemplos relacionados con lo ocurrido en la conquista de América, términos que, a grandes rasgos, y con las obvias variantes, se puede aplicar al proceso de expansión del KMF en otros lugares del orbe.A partir del S XIII, el poder real, mermado durante los siglos anteriores por el poder de los señores feudales que reducían a la figura del Rey a una figura prácticamente nominal, comienza progresivamente a ganar poder frente a la nobleza. Por otra parte, con el renacimiento comercial, surgen los mercaderes, que van obteniendo riquezas y, con el correr de las décadas, desearán tener también poder político que les permita satisfacer sus intereses económicos. Éste será el germen de la posterior clase burguesa. El Rey necesita consolidar su poder frente a la nobleza, y ve en estos mercaderes el medio para poder consolidar su poder, gracias a las diversas prestaciones económicas que estos últimos podían hacer a los reyes para que éstos llevase a cabo sus objetivos, como préstamos o el valor al que el Rey vendía los títulos de nobleza. En tanto, los mercaderes también ven al Rey como un medio para lograr una optimización en su actividad comercial, ya que con un poder estatal centralizado y fuerte y una figura que retuviese este poder podrían asegurar las condiciones necesarias para poder llevar a cabo libremente su actividad comercial (por ejemplo, asegurar caminos libres de bandoleros), además de obtener el poder político para poder facilitar dicha actividad, comprando al Rey títulos de nobleza (lo que posteriormente se llamaría Nobleza de Toga). De esta manera, se forma la primera alianza relevante en el proceso de expansión del KMF: El Rey y los Mercaderes.
La conquista de América constituyó “un proyecto impulsado por la burguesía comercial operante en el sur de España, bajo patrocinio político de los Reyes Católicos”. El mismo autor continúa este párrafo diciendo: “Esta simbiosis entre los intereses mercantiles y patrocinio político-religioso permitió militarizar sin tapujos las expediciones que a este efecto se organizaron en los puertos de España. Pues el objetivo de todos era instalar mecanismos de “acumulación primitiva” en otros continentes, a cuyo efecto era necesario enganchar una mano de obra cuyo trabajo concreto iba a tener mucho de “soldadesco”.”[5] De esta frase podemos desprender dos cosas: primero, que también como parte de esta alianza podemos encontrar a la Iglesia, junto con el amparo legal del Estado. Por otra parte, como se requería dominar a los pueblos productores, esta dominación habría de ser violenta, y por ende se necesitaría crear ejércitos, cuyo contingente se formaría en base a las capas sociales bajas de los pueblos dominadores, la denominada masa marginal, que, ajena a los intereses de los mercaderes, de los reyes (en cuanto a dominación política), y de la Iglesia (en cuanto a sus afanes religiosos de evangelización, con la consecuente predicación y educación que ello significaba), vería en este proceso de conquista una excelente oportunidad para poder mejorar su mala situación en sus sociedades natales.De este modo, la conquista violenta de los pueblos productores quedó amparada bajo justificaciones legales (por el Estado) y morales (por la Iglesia). Como sostiene Salazar, “[e]so significaba ensanchar e intensificar la violencia, cualesquiera fueran los discursos legales y morales que encubrían y justificaban la expedición” [6]. Con esto surgen ejércitos profesionales pagados, que serían parte primordial del proceso de conquista y posterior colonización de este nuevo mundo. Y tras estos ejércitos marchaba el Mercader, quien financiaba las expediciones de conquista haciendo de prestamista, lo que también constituía un negocio para él por las expectativas de descubrir y conquistar nuevos lugares… y nuevos mercados. Sin embargo, este comercio, “realizado también con armas a la mano, era de alto riesgo, estaba sujeto a grandes provechos o tremendas pérdidas. Se invertían capitales a la gruesa ventura y se formaban sociedades en comandita” [7]. Como sostiene Villalobos, “[L]a espada y la mercancía se complementaban” [8]
América causaba grandes expectativas en los conquistadores debido a sus riquezas, las que, sin embargo, no eran eternas. Y como éstas no alcanzaron para todos, se fue formando progresivamente una concentración de conquistadores pobres, que, al no poder obtener los tesoros que desde la Madre Patria habían venido a buscar atravesando los océanos, no les quedó más remedio que trocar las espadas por los arados o los piquetes y dedicarse a producir su propio sustento. “Los tiempos y los hombres cambiaron: Diego de Almagro, el fracasado conquistador tuerto que vino a Chile a buscar tesoros y tuvo que regresar, dio paso a un Pedro de Valdivia que, con ambos ojos, miró hacia horizontes productivos lejanos, y se quedó” [9]. De este modo, se echaron las bases del modo colonial de producción, que determinaría la economía de Chile durante prácticamente tres siglos.En base a esto, se va configurando en el Chile colonial una clase que iría progresivamente dominando los medios de producción, el denominado patriciado mercantil chileno (que según la época y el autor puede ser denominado aristocracia, burguesía, oligarquía, etc), y por otro lado, la clase productora. En la relación entre ambas clases se van a ir manifestando muestras de la lógica del KMF antes descrita.
La primera etapa sería el ciclo aurífero de la empresa valdiviana comprendido entre los años 1541 y 1580, donde se levantaron lavaderos de oro en todos los ríos y esteros del territorio[10]. Esto llevó, asimismo, una expansión territorial del área de influencia de la emergente colonia, ya que nuevas ciudades se iban fundando en las cercanías de los lavaderos, salvo Santiago, pensada por Valdivia como un reducto militar. De esta forma, el centro económico de la colonia se instaló al sur del Bío Bío, siendo el polo de crecimiento colonial de aquellos años. Para la extracción de este oro, se utilizó principalmente mano de obra indígena cuasi-esclavizada (trabajando bajo el sistema de Encomiendas), lo que reducía los costos de extracción a un bajo precio. Sin embargo, producto de esta comercialización del oro “se aglutinaban fuerzas poderosas: […], el descontento de la masa indígena, […] la codicia usurera de los mercaderes […], y la codicia fiscal de los reyes que invertían en el poder que el oro contribuía a mantener”[11]. Producto de los dos últimos actores, la riqueza del oro no se acumuló en Chile, sino en España y Perú. De esta forma, la exportación de oro no podría ser la base de un proyecto sustentable de desarrollo colonial.Por lo tanto, tras la caída de este ciclo económico (y también de las siete ciudades al sur del Bío Bío, destruídas por los mapuches), la producción colonial chilena se vio forzada a tomar un rumbo agropecuario, con lo que se fue configurando un sistema colonial rural de producción. De esta manera, podemos encontrar las clases antes mencionadas: el Patriciado, “llamado corrientemente aristocracia, tuvo como rasgo predominante la gran propiedad agrícola, pero a la vez tuvo el sello mercantil, que le incorporó nuevos elementos y le aporto la verdadera riqueza”[12], y la clase productora, los campesinos.
En un principio, la relación entre el patriciado y los campesinos era prácticamente horizontal. Los primeros, dueños de las tierras, concedían a los segundos mediante un contrato (por llamarlo de algún modo) el derecho a usufructuar de los frutos de la tierra, a cambio de la paga de un arriendo previamente acordado por ambos. Y bajo este sistema se producían las materias primas o los cultivos. Sin embargo, la economía rural chilena estaba inserta dentro de una economía colonial en la que se comerciaba con el Virreinato del Perú, tanto en el ciclo del sebo o en el del trigo, que por diferentes coyunturas históricas y económicas Chile se transformó en el principal vendedor de dichos productos al Virreinato. Y como el mercado que era, los principales encargados del tráfico económico eran los mercaderes, que, siguiendo la lógica del KMF, castigaban a los productores para obtener mayores ganancias. De esta manera, los mercaderes castigaban la producción agrícola de la economía rural chilena, por lo que los terratenientes se veían obligados a abaratar los costos de producción para poder hacer frente al constante castigo económico que les hacían los mercaderes. Y la única forma de hacer esto era, a la vez, castigando a los campesinos que producían en su campo.Como ya se dijo, en un principio se estableció una relación “paritaria” entre el terrateniente y el campesino, que le permitía a este último asentarse en un lugar estable, formar familia y, lo más importante, subsistir (lo que se consideraba un signo de decencia). El origen del campesinado se encuentra mayormente en la antigua masa marginal, principalmente mestiza, excluida tanto legal como socialmente dentro del derecho indiano y la sociedad colonial que concebía como sujetos de derecho a españoles e indios, y rara vez a los metizos. Como los terratenientes productores necesitaban mano de obra lo más barata posible, y los indios ya avanzado el S XVII escaseaban, pretendieron recurrir a esta masa mestiza. Para ello utilizaron distintos métodos con el fin de aprovechar la abundante mano de obra que esta masa podía conferirles, entre ellos estas relaciones patrón-campesino. “La aceptación de estos vagabundos como sujetos con los cuales se acordaba un trato paritario de intercambio (“tu puedes arrancharte aquí a cambio de que me hagas estos pequeños servicios”) o un contrato “de compañía”, que en primera instancia involucraba un gesto amistoso y humanitario de los patrones propietarios, escondía, a mediano y largo plazo, una trampa casi mortal”[13]. Y esta trampa mortal se manifestaría en lo siguiente: los terratenientes, necesitados de producir más a menor costo para hacer frente al continuo castigo de precios que le hacían los mercaderes, subían el precio de los arrendamientos a estas familias que se habían asentado en sus tierras; éstas, que por haber crecido en su número ya no podían hacerse a la vida de los caminos; “el jefe de familia ya no podía retornar a la condición de vagabundo, ni podía arrastrar a sus numerosos hijos a la vida azarosa de “andar al cerro”, a vagar por la cordillera o merodear por la ciudad. Un hombre solo podía vagabundear, pero no una familia”[14]. Esto significó que las familias se viesen atadas a la tierra como medio de subsistencia; con el aumento de los arriendos, la acumulación por parte del campesino se vio truncada, y no sólo eso, sino que a la larga comenzó a deberle pago al patrón, y la forma con la que el patrón cobró este pago que ya no podían hacerles los campesinos era usando a sus hijos como peones, para que le trabajasen gratis como medio de pago de este arriendo, medio de pago del derecho de vivir en sus tierras. De esta manera es como surge el inquilinaje, configurándose la relación patrón-inquilino. Es así como estos patrones coloniales se enriquecieron y conformaron el patriciado mercantil chileno, ya que también algunos se dedicaron a otros negocios; pero sin duda los más beneficiados con este sistema fueron los mercaderes. Los primeros controlaban los medios de producción; sin embargo, la venta y el transporte de los productos se encontraban en manos de los segundos y del Virreinato del Perú. Pero, con el ciclo del trigo y con las explotaciones mineras, la riqueza era tal que a pesar del constante castigo de los mercaderes, gracias a esta masa proto-esclavizada el patriciado terrateniente (o minero, posteriormente) logró enriquecerse. Sin embargo, como dijo Marx, “[El capitalismo] en el curso de su desarrollo debilita a los terratenientes tradicionales […]”[15]. Pero este patriciado mercantil no invirtió su riqueza en fomentar y mejorar los medios de producción, lo que, poco a poco, fue socavando las bases de este orden socioeconómico formado ante la posterior llegada de los mercaderes extranjeros.
Pero estos mercaderes extranjeros avecindados en el puerto de Valparaíso, no permanecieron aislados de la elite chilena, sino que fueron acogidos por ésta tanto por lazos económicos como de parentesco, siendo frecuentes los matrimonios entre estos mercaderes y las hijas de los hacendados o de los comerciantes chilenos. Esto se vio facilitado por el pequeño rasgo mercantil de la aristocracia terrateniente, la relativa modestia de ella y la carencia de privilegios significativos, así como la estrechez de los círculos sociales, que permitían esta apertura a estos elementos extranjeros, o a los exitosos comerciantes chilenos que se habían enriquecido allá en las minas del norte.
La mayor influencia comercial era sin duda proveniente de Inglaterra. Como sostiene Cavieres, las conexiones comerciales con Inglaterra eran claramente significativas ya en la década de 1830 y que por 1840 el volumen del comercio entre ambos países había triplicado aquél de 1820[22], estableciendo desde esos tiempos sedes de sus casas comerciales en Valparaíso, e impulsando la modernización en su infraestructura urbana que, “en los años 1830 carecía prácticamente de todos los servicios urbanos más indispensables”[23], ya que la burguesía chilena no era capaz de sustentar inversiones a la infraestructura. El área de mayor inversión por ese entonces fue la minería, lo que haría que comerciantes como Edwards o Urmeneta se hicieran millonarios.Esta nueva actividad económica haría que surgiese este nuevo grupo económico, desplazando a la antigua aristocracia terrateniente chilena. “Una persona típica perteneciente a este grupo vivía en Valparaíso o Santiago, tenía propiedades urbanas y rurales, invertía en el Norte o en el Sur, en yacimientos mineros o en símbolos de estatus económico como la hacienda tradicional”[24].
Asimismo, la llegada de extranjeros a nuestro país en son de comercio, y el contacto que las elites chilenas tendrían con ellos, harían que estas adoptasen ciertas costumbres europeas, principalmente afrancesadas, y con ello irían perdiendo progresivamente sus valores derivados de una sociedad eminentemente criolla y pasando a aspirar a una especie de cosmopolitismo. Este cambio de mentalidad se vería reflejado en el vestir, en las viviendas. Como afirma Villalobos, para este nuevo patriciado “las viejas casonas, con sus robustos muros, los pesados portones, los zaguanes empedrados y la montaña de tejas encima, ya no parecían adecuadas. Eran expresiones archirepetidas y monótonas que recordaban un pasado que se creía superado”[25]. De esta forma, se construyeron mansiones imitando los diversos estilos arquitectónicos europeos; sus fiestas se hacían al modo francés. El antiguo aristócrata, producto de su contacto con el nuevo burgués, fue aburguesándose, tanto en el ámbito económico donde se iba entregando a esta nueva actividad comercial, como en el ámbito social, donde “poco a poco fue abandonando sus costumbres y sentimientos, para vivir en un ambiente refinado y lujoso”[26]. En palabras de Villalobos, el cosmopolitismo urbano superó a las virtudes rústicas[27]. Este nuevo patriciado chileno se daba el lujo de caminar por las orillas del Sena, cruzar por los puentes del Támesis o admirar con sus propios ojos las ruinas del Coliseo, vanagloriándose de ser parte de la civilización, de Europa… y del mundo.De esta forma, vemos cómo el patriciado mercantil chileno siguió la lógica del Mercader. Sin embargo, al igual que éste, no se preocupó de convertir su capital dinero en medios de producción; simplemente acumuló, y gastó. Sin duda, durante la segunda mitad del S XIX, con la expansión económica y territorial de nuestro país, esta oligarquía afrancesada y de apellidos vinosos y bancosos, al decir de Huidobro, alcanzó su máximo apogeo. Tras tres siglos, el KMF había logrado su obra. Sin embargo, no se dio lugar al paso siguiente, el cual es la invertir el capital en industrialización, y así, tras el esplendor de los palacios Cousiño, Riesco, etc., se escondía una cara menos amable, pero no menos importante: la de los rotos sin Dios ni Ley de las chimbas, la del inquilino, la del minero, la de aquellos que sustentaba esten orden económico que permitía los viajes a París de los Subercaseaux… y que también podrían terminar socavando este orden...


Parece texto de historia economica. Falta mayor aporte propio, la idea es buena pero muy enredada para que los que no entienden economia o historia hagan el hilo conductor. Sugiero leer "las venas abiertas de america latina" de Eduardo Galeano, encontraras mayor argumentacion y un estilo de relato periodistico facil de entender.
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Jorge Melgarejo